Punto final | El Comercio

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    Niños manabitas caminan varias horas cada día. Ascienden a lugares altos y trepan a los árboles para captar mejores señales para sus celulares.

    Para no perderse las clases del Ministerio. Para no atrasarse. Para no perder el año… El caso es auténtico y actual. No hay pandemia inocente.

    Como lo han dicho muchos, la peste maldita, a más de enfermar y asesinar, ha cumplido otro papel estelar: sacar a la luz las lacerantes desigualdades de los ecuatorianos, sus diferentes categorías y derechos. Siempre estuvieron ahí, pero esta vez han aparecido sin tapujos. Millones de compatriotas sobreviven con las justas. Apuestan al presente sacrificando el futuro.
    Esta feroz inequidad se expresa dolorosamente en la educación. El publicitado aprendizaje virtual es una quimera para miles de estudiantes. En unos casos porque la calidad del internet atenta contra cualquier aprendizaje fluido. Por eso las familias inventan soluciones insólitas, como el caso de los chicos manabas.

    A estos estudiantes no les quedan muchas alternativas. Mantener estas absurdas rutinas sin que nadie se conmueva no es solución. No se sabe cuánto aguantarán las familias. Una probabilidad, creciente al parecer, es poner punto final a estos sacrificios. Con el dolor del alma, retirar a los chicos de la escuela… No es abandono, es expulsión. El derecho a la educación tambalea.
    En otros casos, la situación es peor. Y se conocía de antemano. Simplemente no hay internet para 4 de cada 10. Simplemente no se cuenta con dispositivos básicos: computador, tableta, celular. Los chicos quedan al margen de los procesos educativos. No han sido para ellos. Las variantes ofrecidas por radio, televisión y guías escritas no están a la altura. Cuando llegan.

    También aquí la opción es triste. Los niños y jóvenes ponen punto final a sus estudios. Se dedicarán a otras cosas, como trabajar, por ejemplo. Pensaron que la educación también era con ellos. No desertan, son echados. El derecho a la educación se esfuma.

    Veamos tres impactos desoladores. Uno, la suspensión de estudios, muchas veces definitiva. Dos, la ampliación de las brechas dentro del sistema público y de este con el privado. Tres, el retroceso respecto a la universalización de la educación, con el consiguiente aumento del rezago escolar y el trabajo infantil. El Estado, en lugar de garantizar el derecho a la educación, lo ha puesto en mayor peligro.

    La problemática amerita respuestas integrales y emergentes. Se precisa ante todo informaciones locales completas. Y en base a ellas, la construcción de una estrategia vigorosa y participante. Algunas voces han mencionado: comité de emergencia (una especie de COE educativo), fondo de contingencia, conectividad, brigadas de apoyo, refuerzo al docente, dotación de implementos, seguimiento transparente… Hay que detener el “abandono”. Hay que sostener con nuevos signos el sistema.

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