Del nihilismo y el desapego

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    En Dark, una de las series mejor logradas de los últimos tiempos, me parece que se plantea un tema similar, pero que atañe más a nuestra individualidad. Ulrich viaja al pasado y encuentra al niño que se convertirá en el hombre que secuestrará a su hermano y matará a su hijo, arruinándole la vida. ¿Seríamos capaces de matar a un niño que aun no ha cometido ningún crimen, sabiendo que en el futuro lo cometerá?

    Mateo Quintero Segura

    Estamos solos en la vida y en la muerte. Más allá de las fronteras de nuestra interioridad, nada se halla. Lo que no es cognoscible por nosotros, no existe para nuestro Yo. En ello estriba la complejidad de ponernos en el lugar del Otro, de traspasar las postrimerías de nuestro ser en busca de la continuidad de los cuerpos y la unión de las almas. Superar nuestra individualidad es uno de los logros menos vistos en la historia. Pocas personas han logrado ausentase de sí mismos para preocuparse enteramente de la suerte de los demás. Yo soy yo, el mundo que me rodea es visto solo por mis ojos; jamás entenderemos la completitud del punto de vista de nuestro semejante. Todo ello está implícito en la sentencia de Wittgenstein: «Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo». No podemos sustraernos de las limitaciones de nuestro lenguaje; es decir, de las limitaciones de nuestro conocimiento y del constructo del exterior que hemos formado gracias a lo que sabemos y aprehendemos por medio de la capacidad lingüística. Al no poder interiorizar el lenguaje – el mundo – del otro, no podemos entenderlo. Siempre, a toda hora, primará en nosotros la Individualidad.

    El Yo, ese ente confuso estudiado por la filosofía y la psicología, gobierna cada uno de nuestros actos. Una de las experiencias que confirma esto y que nos obliga a aceptar que ninguno encontrará al otro, es la de la fallida ayuda que brindamos a los demás. La mano tendida desperdiciada. La ayuda es motivada por el prójimo, pero siempre realizada por el individuo. En cuanto a unidades, los seres aprenden a la fuerza o por medio de la reflexión que todo acto trascendental es logrado por cada uno y no porque otro lo pueda realizar por nosotros. Esta verdad incómoda puede generar diversas actitudes. Que algo sea imposible no quiere decir que debamos dejar de perseguirlo: «Para eso sirve la utopía, para caminar», recuerda Galeano. La comunión con el otro, la ayuda mutua, el entendimiento de la psique ajena, es algo que vale la pena intenta conseguir, aunque se sepa de antemano que jamás se logrará.

    Si llegamos a la férrea conclusión de que lo único que importa son nuestros intereses, se podrá llegar a un desapego sin empatía próximo o común con el nihilismo. Según los estudios, la palabra nihilista proviene de la novela Padres e hijos de Turguenev, donde se define lo siguiente: «Nihilista es la persona que no se inclina ante ninguna autoridad, que no acepta ningún principio como artículo de fe». Es decir, la voluntad de nada, como afirmaba y ampliaba Nietzsche. El alemán fue el que popularizó el término, aunque llegó tardíamente a él. Varios, además del ruso Turguenev, habían apostado directamente por esta concepción de negación de autoridades. Los cínicos, en la antigua Grecia, son un claro ejemplo de ello. El mismo Epicuro que negaba a la muerte y a los dioses. Y el que, para mí, fue el más grande de todos los hombres por ser consecuente con lo que creía y vivía: Diógenes de Sinope, quien negó la vida misma al vivir privado de todo y en la compañía de los animales. No obstante, Nietzsche hizo la distinción del nihilismo pasivo y el activo.

    El primero, niega todo pero se lamenta de la carencia del sentido. El segundo, niega todo y se jacta porque puede crear sentidos nuevos. El sentido nuevo, sin embargo, puede seguir diversas vertientes. Cualquier hombre que comprenda el absurdo puede llegar a inteligir lo siguiente: «Solos estamos en la inconsistencia de la vida y solos estaremos en el misterio de la muerte; nadie acompañará mis días; ergo, solo me basto a mí. No hay sentido absoluto; ergo, el sentido que le ponga a mi vida es el que vale».

    El desapego por las consecuencias, la extirpación del remordimiento, características claves en los trastornos de un psicópata, pueden fácilmente asociarse a la maldad. Esas distinciones nocivas de malo y bueno, reduccionistas hasta más no poder, nos privan de ver algo que es notorio. El hombre sabe que solo se tiene a sí mismo, y puede adoptar la postura pasiva del nihilismo: desapegarse de todo y de todos para solo satisfacerse a sí, creyendo que tiene completa libertar para ejercer sus caprichos. En el cine y en la literatura podemos ver los alcances de la moral y la ética individual: cuestión que es para mí la que más debe primar en la reflexión de estos tiempos, pues abundan los colectivos.

    En Match Point, Woody Allen nos vuelve a plantear el problema de la culpa. El personaje Chris Wilton, interpretado por Jonathan Rhys, da guiños desde el principio sobre las diversas resoluciones de la culpa. Él es un asiduo lector de Dostoievski, y lee con constancia Crimen y castigo. Raskolnikov, el anihéroe de la emblemática novela, no puede cargar con su culpa por el asesinato de la vieja usurera y resuelve entregarse, para cumplir el castigo debido. Wilton, al contrario, sobrelleva la culpa de asesinar a su amante en pro de conservar la normalidad de su próspera vida. Cuando, en la noche, los fantasmas del pasado intentan desestabilizarlo, él responde: «Cargaré con la culpa». Su individualidad logra superar la empatía por la mujer asesinada, y, gracias al azar, se trunca la justicia.

    Ya que tocamos el tema de Dostoievski, este nos propone un problema ético demasiado complejo y paradójico. En Los hermanos Karamazov, nos pregunta, haciéndonos estremecer: «Si los destinos de la humanidad estuviesen en tus manos y para hacer definitivamente feliz al hombre, para procurarle al fin la paz y la tranquilidad, fuese necesario torturar a un ser, a uno solo, a esa niña que se golpeaba el pecho con el puñito, a fin de fundar sobre sus lágrimas la felicidad futura, ¿te prestarías a ello?». ¿Qué haríamos si la paz del mundo dependiera de que matáramos a un ser inocente? ¿Podríamos lograr desapegarnos de la culpa y, aboliendo el remordimiento, salvar al hombre provocando la muerte de una niña que carece de incumbencia en el destino bélico en el que ha incurrido el mundo? En esta pregunta la individualidad trasciende a un sentido más global, más empático, pues de nosotros dependería el bien común. Sin embargo, es ese tú el que nos eriza. ¿Qué decisión sería más egoísta?

    En Dark, una de las series mejor logradas de los últimos tiempos, me parece que se plantea un tema similar, pero que atañe más a nuestra individualidad. Ulrich viaja al pasado y encuentra al niño que se convertirá en el hombre que secuestrará a su hermano y matará a su hijo, arruinándole la vida. ¿Seríamos capaces de matar a un niño que aun no ha cometido ningún crimen, sabiendo que en el futuro lo cometerá?

    Quizá Dostoeivski nos responda lo siguiente: «¿Qué es la conciencia? ¡La he inventado yo! ¿En qué consiste el remordimiento? ¡Es una costumbre de la humanidad desde hace siete mil años! ¡Librémonos de esa preocupación y seremos dioses!». Y quizá Nietzsche lo refuerce diciéndonos: «¿Qué es la felicidad? El sentimiento de lo que acrece el poder; el sentimiento de haber superado una resistencia». Si superamos la resistencia del mal que nos rodea, inclusive provocando más el mal y esparciendo más el sufrimiento, en favor de nuestra felicidad, ¿obraríamos correctamente? ¿Qué divide la línea entre la ética, la felicidad individual y la conjunción entre actuar bien y recibir una recompensa? Un personaje de Borges aplica la siguiente fórmula para sentenciar el futuro, el acto ruin a cometer, para que fuera tan irresoluble como el pasado: «El ejecutor de una empresa atroz debe imaginar que ya la ha cumplido, debe imponerse un porvenir que sea irrevocable como el pasado». Krishna, en el poema épico Mahabharata, ante la flaqueza de Arjuna de matar a algunos de sus conocidos en la guerra, predica lo siguiente: «Sólo a la acción tienes derecho, y nunca a sus frutos; no dejes que los frutos de la acción sean tu motivo; ni tampoco albergues en ti ningún apego a la inacción […] realiza siempre los trabajos que hay que hacer sin apego, porque el hombre alcanza lo más alto mediante el trabajo sin apego». En este desapego hindú, ausente de filantropía y empatía, solo nos queda preguntarnos para no caer en la debacle humana del extremo individualismo: ¿Cómo superamos el desapego al que nos lleva el nihilismo extremo? ¿Será imposible, acaso, lograr la comunión con el otro sin estar en detrimento del bien propio?

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