Locos artificiales | El Comercio

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    “Hay mucha lógica en esta locura” es uno de los comentarios que se han hecho al analizar la personalidad de Hamlet en la tragedia escrita por Shakespeare. No hay duda de que los desarreglos mentales del príncipe se agravaron cuando, terminados sus estudios en Wittenberg, regresa a su país y lo encuentra inmerso en una grave crisis política y moral causada por la muerte de su padre, el rey. Su amigo Marcellus se horroriza y exclama “Algo huele mal en Dinamarca”.

    En nuestro Ecuador, mucho huele mal, demasiado, casi todo. No hay día en que no nos agredan nuevos anuncios de abusos, indelicadezas, incorrecciones y delitos, no lo hay sin que decenas de personas pasen a engrosar la lista de los investigados por la justicia. Casi siempre, los principales sospechosos se han dado a la fuga. A veces se los detiene e interroga. Son titánicos los esfuerzos de la fiscalía general para evitar que los expedientes, que inevitablemente van amontonándose, den pábulo a la idea de una impunidad prefabricada que, a su vez, alimenta el escepticismo de la ciudadanía.

    Los presuntos culpables de delitos que saltan a la vista por su gravedad se escudan en los recursos previstos por la ley, se enferman, se auto-incapacitan, inclusive, a fin de permanecer bajo cuidados intensivos, y hasta llegan a perder selectivamente la memoria. “Se hacen los locos” se dice en lenguaje coloquial. Entonces brota en el sano entendimiento el juicio hecho sobre Hamlet: “Hay mucha lógica en esa locura”, locura criminal que pretende engatusar y burlarse de la conciencia honesta de la patria, locura que desde el exterior nos llega en una sonrisa cínica de maloliente hipocresía o que aquí, en manos de la policía, grita guturalmente “Viva la Patria”.

    Ciertamente, en el Ecuador de estos días muchas cosas huelen mal. Y no me refiero a la peste que ha demostrado hasta qué punto somos, en conjunto, frágiles y deleznables, sino al hecho de haberse “normalizado”, en la práctica cotidiana, los atentados a la moral, a la ley y a la decencia, el espíritu de aprovechamiento utilitario, el mercantilismo salvaje que no ve otra cosa que la ganancia, lícita o ilícita.

    ¿A qué otra causa puede obedecer el infame aprovechamiento de la pandemia para comerciar ilegalmente con la medicina que significa la diferencia entre la vida y la muerte, que no sea a la pérdida del sentido de lo legal y lo ético disfrazada de locura? ¿A qué otra causa, el aprovechamiento de la discapacidad -condición tan respetable como penosa- para negociar y aprovechar de los privilegios justos que la ley otorga a quienes de ella son víctimas?

    Silenciosos y mirando al suelo los tales deberían responder ante la ofendida justicia y no aspirando, de manera insolente y agresiva, a ser de nuevo candidatos para deshonrar al poder. ¡Y son tantos…!

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