La salud democrática | El Comercio

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    Comienzan a redoblar los tambores de la lid electoral y son muchos los que se preguntan qué podemos esperar de los políticos… No deberíamos de perder de vista el perfil del político ideal, de aquel que no debería de vivir de la política sino para la política, una dedicación más bien transitoria y no definitiva. Las urnas deberían de confirmarlo o de apartarlo. ¿Cumplió sus promesas? ¿Mantuvo el contacto directo con sus votantes? ¿Fue honesto en el manejo de los fondos públicos? Estas tendrían que ser las preguntas y las exigencias. Personalmente creo que los buenos políticos deberían de mirar a sus votantes más que a sus partidos. Me llama la atención el hecho de que en Inglaterra la relación del diputado con su distrito es constante, quizá sabe que su permanencia en la política depende de esta proximidad. En nuestra democracia representativa los partidos son indispensables, a pesar del lamentable espectáculo de bodas, divorcios y arrejuntamientos políticos al que nos tienen acostumbrados, pero lo cierto y cabal es que no deberían de vivir al margen de la sociedad ni tampoco dejar de rendir cuentas.

    El control de los ciudadanos, de los medios de comunicación y de la propia Asamblea es uno de los fundamentos del sistema democrático. Si los políticos sólo tienen que rendir cuentas al propio partido es mucho más fácil que se fomente la corrupción. Por el contrario, allí donde la opinión pública tiene su importancia las irregularidades tienen sus consecuencias. ¿Recuerdan a David Cameron y al Brexit?, ¿a Harold Macmillan y el caso Profumo?, ¿a Richard Nixon y sus famosos espionajes? Es lo que marca la diferencia: la impunidad política (y jurídica) de acciones delictivas y corruptas que entre nosotros se disuelven como azucarillos en agua de limón.

    Creo profundamente en el valor del sistema jurídico, sin cuya probidad e independencia todo naufraga, pero creo también que es un pésimo precedente el pensar que sólo puede haber responsabilidad política cuando un juez ha dictado sentencia firme, algo nefasto para la salud democrática de un país. Cierto que la presunción de inocencia es válida para todos, pero cuando la sombra de la sospecha cae sobre un político o un funcionario público, amén del derecho que tiene a defenderse, lo más prudente es retirarse. El general De Gaulle solía decir que los cementerios están llenos de hombres indispensables.

    Entre nosotros hay, para más inri, algo que entristece aún más el panorama y causa un profundo malestar social: el exhibicionismo del dinero robado. ¿Quién puede creerse que con 5.000 dólares de sueldo se pueden adquirir departamentos en Miami, carros de lujo, yates de recreo y viajes de ensueño, cuando apenas queda para el mote con chicharrón?

    Apostemos por la democracia, el menos malo de los sistemas vigentes, pero no caigamos en el juego del “todo vale”. A más democracia, más exigencia ciudadana.

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