Sólo Monet hizo escenarios relativamente quietos para trabajar mejor

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    Germán Ossa

    Édouard Manet, Augusto Renoir, Edgar Degas, Camile Pissarro, Alfred Sisley, Paul Cézanne, Henri Matisse y Morisot, entre otros pocos impresionistas, fueron un grupo de artistas que se pusieron de acuerdo para nacer en el mismo tiempo y en el mismo lugar. Todo lo planearon y la historia no lo puede negar.

    Todos, en sus ADN, tenían una diminuta cámara fotográfica que les permitía grabar en su memoria para mucho rato, las imágenes que la naturaleza les ponía en “bandeja de plata”, cuando el ardiente sol se detenía en un sitio preciso, para iluminar con la puntería debida, los momentos que hoy día están convertidos en obras de arte, las cuales exhiben orgullosamente muchos de los más importantes museos en el mundo.

    Todos, a excepción de Claude Monet, se apresuraban a grabar en las retinas de sus ojos, la belleza que luego concretaban en sus lienzos, en el taller de su lugar de habitación, rogando a Dios que les permitiera definir sin olvidar, el movimiento de las aguas de los ríos, el viento que desplazaba las nubes azules encendidas, el aleteo de los cuervos, los fotones amarillos oro que desprendía el sol a la hora que se descubría en el cielo, los movimientos ingenuos y alegres de los niños en los parques, los movimientos ingenuos y alegres también de esas bailarinas de ballet, las alargadas, doradas y secas hojas de las plantaciones de trigo, los molinos que ayudaban a la extracción del agua del subsuelo, las elegantes y humildes zancadas de los caballos que cargaban tanto al heno como a los sencillos carruajes y pasajeros en miles de colores, las frescas frutas, los añejos vinos, los cigarros y las pipas humeantes de los jugadores de cartas en tantos y tantos lugares diurnos y nocturnos de ese Paris que quedó retratado para siempre en esas hermosas e impresionantes (impresionistas) obras de arte…

    Sólo el viejo Monet que sentía temor de olvidar detalles, le salió al paso a esa trampa, pues hizo de manera artificial los lagos y jardines repletos de nenúfares que pintó con óleos de cientos de colores, en ese inmenso patio de 15 hectáreas que tenía su casa, allá en la ribera occidental del Río Sena, en Giverny, a ochenta kilómetros de la capital francesa de entonces.

    Los críticos, estudiosos y analistas del arte de todos los tiempos, no saben que, con sus textos, lo que han hecho siempre, es contarnos la historia de esa pequeña pero añorada y hermosa parte de Europa que se vivió y se disfrutó durante un puñado de años finalizando el Siglo XIX, en la que los actores principales eran totalmente anónimos, no profesionales, en el espacio preciso cuando el cine ni había nacido.

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