Pedro Anchila y su historia en la reporteria grafica – Barranquilla – Colombia

    /
    /



    La noche del miércoles 4 de enero de 1989, Humberto Jaimes Cañarate, el curtido jefe de redacción de Diario del Caribe, llegó hasta nuestro escritorio de la sección de deportes con un rostro de preocupación, sin dejar de rascarse la cabeza.

    –No se pudo –nos dijo el hombre nacido en Mompox (Bolívar), que había sido compañero de estudios de Gabriel García Márquez en el bachillerato de Zipaquirá y que por unos 30 años había ejercido como jefe de deportes del diario EL TIEMPO y se había paseado por el mundo en cubrimientos periodísticos.

    –¿Quién cree usted que puede hacerlo? –nos preguntó.

    –Anchila –respondí, de inmediato, sin pensar– para referirme a Pedro Anchila Ferrer, como él mismo se presentaba, el audaz e intrépido reportero gráfico nacido en Ciénaga (Magdalena) que murió el pasado 8 de marzo en Barranquilla, a la edad de 79 años.

    Instantes antes, había ingresado a la sala de redacción el segundo reportero gráfico que había intentado, sin lograrlo, entrar al Instituto Psicoterapéutico Villa 76, en el norte de Barranquilla, con la misión de fotografiar al campeón del peso welter de la Asociación Mundial de Boxeo (AMB), Tomás Molinares.

    La noticia del ingreso de Molinares, con un cuadro depresivo que llegó a manifestar “sentir asco por el boxeo”, se había filtrado al caer la tarde.

    Aunque Jaimes Cañarete desconocía que su interlocutor y otros dos periodistas –Jaime de la Hoz, de El Heraldo, y Pepe Sánchez, de La Libertad– fueron los únicos testigos garantes del ingreso de Molinares al centro de salud, poco después de dos de la tarde, saliendo desde la oficina del apoderado del deportista, William Chams, en la calle 76 con carrera 73.

    –¿Será? -preguntó el también fundador del espacio radial La Polémica Nacional de los Deportes, en compañía de Mike Forero y Mike Schmulson.

    –Seguro –respondí.

    –Teléfono de Anchila para llamarlo, por favor… –ordenó Jaimes Cañarete.

    Pasión por la fotografía

    Conocí a Pedro Anchila en mis inicios en El Heraldo, en enero de 1980, cuando el periódico aún funcionaba en la calle 33, cerca de la Iglesia de San Nicolás. Era el más famoso reportero gráfico del periódico.

    No era empleado de planta, era un free lance especial que vendía sus fotos al medio, pero solo en cubrimientos especiales: Reinado Nacional de la Belleza, partidos del Junior –era el único reportero gráfico del país que acompañaba al equipo de su ciudad a todos los partidos como visitante– y la toma de personalidades: Julio Mario Santodomingo, Julio Iglesias, Pelé…

    Trabajé con él de cerca, desde 1981, por orden de Juan Gossaín, uno de los dos directores de El Heraldo Deportivo –el otro era Fabio Poveda Márquez–, al incumplir en un trabajo un reportero gráfico de planta. “Utilice de ahora en adelante a Pedro Anchila o Scopell (una agencia de fotografía que prestaba servicios a El Heraldo)”, dijo Gossaín.

    Y pude ver desde entonces su pasión por la fotografía, que siempre he creído, en términos de pesos, no le representaba tanto como la satisfacción de lograr fotos que nadie podía hacer.

    Eso sí era hábil para los negocios –aprovechaba los viajes a Estados Unidos para traer cámaras profesionales de segunda y venderlas acá en estuches nuevos, al igual que vendía el papel de fotografía a los periódicos, material que traía de Panamá–. Esas fotos que tomaba después las vendía.

    Las del Junior, al tiempo que les regalaba a jugadores que lo tenían como uno más de la familia, las vendía a patrocinadores.

    Las de boxeo, a los empresarios. Siempre en afiches y por cantidades.

    Y después, ya en eliminatorias de fútbol, la de la selección Colombia que cortó el invicto de Argentina en 1993, por millares a los aficionados.

    Además, sabía ‘vender’ su nombre, que representaba ser contratado por empresas para eventos de todo tipo, a través de un estudio que tenía.

    Con Anchila no había imposibles. Jamás decía que no a nada. Alguna vez, recuerdo, los reporteros gráficos de planta no pudieron tomar una foto en el coliseo Humberto Perea, porque el lugar estaba acordonado por el Ejército Nacional. Le dijeron a Anchila, y regresó con ellas. ¿Cómo hizo? Nunca se supo.

    El crédito de ‘Foto Anchila’ era la marca más reconocida de la ciudad. Era Pedro y varios reporteros gráficos, entre ellos el más aventajado, Libardo Cano, que tenía una sola mano y sacaba espectaculares fotos.

    Uno iba a cubrir cualquier acontecimiento, por ejemplo de crónica roja en días de turno, y su nombre salía a relucir. Cuando llegaba el reportero gráfico, pidiendo permiso para pasar, en medio de la aglomeración de curiosos, y tomar las placas del muerto, siempre alguien gritaba, sin saber si era o no, “¿Qué, te crees Anchila?”.

    A comienzo de los 80, hubo un partido trágico en Bucaramanga entre Junior y el Atlético Bucaramanga, con muertos entre los aficionados por una decisión arbitral adversa al equipo local. Las únicas fotos de los hechos fueron de él. Ese día estrenó un aparato para transmitir fotos y el hit al día siguiente fue único.

    A Olguita Emiliani, la asistente de dirección y persona que manejaba todos los hilos periodísticos de El Heraldo, le gustaba el compromiso y la responsabildad de Anchila. Era su reportero gráfico preferido.

    Incluso le gustaba verlo antes de los eventos sociales a cubrir, porque iba impecable, con esmoquin incluido. Anchila, exagerado para decir los acontecimientos, la complacía y a redacción llegaba, con buen sentido del humor, echando sus cuentos y soltando carcajadas.

    Pero, en 1986, Anchila salió de ‘pistolera’, no recuerdo el motivo, con Olguita Emiliani, en medio de gritos de ambos en la oficina de la asistente de dirección. Estaba alterado, Sus amigos de redacción deportiva –Ahmed Aguirre, Wilder Molina, William Vargas Lleras y yo– tratamos de calmarlo cuando bajaba las escaleras, pero fue imposible.

    Al llegar al primer piso perdió el conocimiento y fue necesario el auxilio de Gustavo Sánchez, el tesorero del periódico, frente a cuyo lugar de trabajo se desplomó.

    Aunque Emiliani se preocupó por la salud del reportero, Anchila no regresó más a El Heraldo (entró en depresión). Un día, la asistente de dirección salió a la sala de redacción y preguntó: “¿Qué saben ustedes de Anchila”. Un reportero gráfico, tan mamador de gallo como el propio Pedro, respondió: “ese es un muerto de la fotografía”.

    El muerto resucitó

    La noche del miércoles 4 de enero de 1989, cuando Humberto Jaimes me pidió el teléfono de Anchila, el reportero gráfico llevaba dos años vinculado a Diario del Caribe y EL TIEMPO, como free lance en eventos especiales, por petición mía (estuvo hasta comienzos de 1991, cuando vio que no había muchas posibilidades de viajar).

    Fue el compañero de viaje por diversas ciudades de Estados Unidos, Panamá y Puerto Rico, en cubrimientos de peleas de campeonatos mundiales de ‘Happy’ Lora, Baby Sugar Rojas, Fidel Bassa y Tomas Molinares, entre otros.

    Esa noche, la del 4 de enero de 1989, Humberto Jaimes lo llamó, y Anchila puso como condición que yo lo acompañara. Jaimes aceptó y me dijo:

    –Mañana, a las 10:30 de la mañana te recoge aquí en el periódico.

    Antes de 10:30, como era normal en él (llegaba hasta 5 horas previas al aeropuerto en vuelo internacionales), me subí en su automóvil. En el trayecto dijo que sabía que el médico entraba poco después de 11 de la mañana a visitar al deportista. Yo le dije que la ubicación que informó Mike Fajardo, de RCN, era que estaba en el costado izquierdo de la clínica, justo la que daba a la carrera.

    Al llegar a la clínica, ubicada en una esquina de la calle 76, creo que con la carrera 62, ubicó su automóvil. Lo hizo sobre la carrera. Del asiento trasero sacó una bata blanca que estaba sobre la silla, que yo no había visto. Igualmente, recogió una pequeña cámara de fotografía. Se puso la bata y se fue a la parte de atrás, abrió el baúl y sacó un pequeño maletín médico, de color negro, que estaba vacío y metió la cámara.

    Encontramos la puerta de clínica abierta porque salía un médico. Entramos los dos y nos dirigimos a la parte izquierda. De pronto, apareció una mujer, vestida de blanco, como enfermera, y preguntó, dirigiéndose a Anchila:

    –A la orden, doctor.

    –Tomás Molinares –respondió Anchila.

    –Por acá, doctor –dijo la mujer, y nos llevó en sentido contrario.

    Paramos frente a la puerta de una habitación, ella sacó unas llaves y abrió. Entró Anchila, yo me quedé afuera.

    En menos de un minuto, tal vez en 30 segundos, salió Anchila, temblando de pies a cabeza. Solo cuando pasamos la puerta que da a la calle habló:

    –Las tengo, las tengo… -dijo, sin dejar de temblar.

    Nos montamos en su auto, manejando a unos 10 kilómetros por hora, bajamos por la carrera y antes de llegar a la 74 frenó, justo frente a una tienda, donde entramos. Pidió una soda Bretaña, que se la tomó en dos sorbos, y me pintó el cuadro que acababa de ver:

    –Ese man está amarrado –dijo casi llorando–. Solo tomé 11 fotos…

    En la noche estaba en su estado normal. Quería saber si sus fotos eran ‘chiva’ mundial. Me invitó a esperar la salida de El Heraldo, allí cerca de la Catedral. No acepté, pero sí lo hizo Humberto Jaimes. Cerca de las tres de la mañana, los dos brincaban de felicidad, me enteré al día siguiente.

    Con la ‘chiva’ mundial de esas fotos, anunciando la renuncia de Tomás Molinares, Diario del Caribe y EL TIEMPO impactaron el viernes 6 de enero. Las cadenas nacionales de radio y los canales de televisión armaron polémicas sobre si era o no ético la publicación de las mismas.

    Esa mañana, Olguita Emiliani, al abrir los periódicos en su oficina y ver las fotos, llamó a un periodista y preguntó por el tema. Este se le fue por el lado de que estaba en discusión si era ético o no. Ella de inmediato salió a la redacción, me contó un viejo compañero, y gritó:

    –¡De tenerlas, yo sí las publicaba! –exclamó–. ¿Y no que Pedro Anchila era un muerto de la fotografía?

    Nadie dijo nada. Y ella siguió con su voz en alto con una última frase:

    –¡Entonces ese muerto resucitó!

    Lea también

    Después de 4 años, padres se enteran de que les cambiaron a sus bebés

    El relato de la policía encubierta que venció a peligroso sicario

    La encrucijada de San Andrés por apertura en medio de la pandemia

    ESTEWIL QUESADA FERNÁNDEZ
    EL TIEMPO
    BARRANQUILLA

    Leave a Comment

    Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

    This div height required for enabling the sticky sidebar