Historia de monjas que hacen emprendimiento en Valledupar – Otras Ciudades – Colombia

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    Los cantos religiosos, rezos y oraciones de las Hermanas Pobres de Santa Clara de Valledupar, se han intensificado durante los últimos meses.

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    Este “oxígeno” fervoroso que nace entre los muros del monasterio ‘El Inmaculado Corazón de María’ ha sido clave en el éxito de su proyecto de emprendimiento artesanal, con el cual han dado un paso adelante, para hacer frente a la crisis económica que afronta al país por cuenta de la pandemia de coronavirus.

    Un proceso que comenzó con la bendición de Dios hace más de tres décadas, con una perspectiva más allá del factor comercial, enfocado a consolidar el autosostenimiento de la comunidad, donde reflejan sus facetas de gastronomía, vinicultura artesanal, costura, ornamentación y de restauración de imágenes.

    “Es una tarea que venimos realizando desde que llegamos a Valledupar. Empezamos con tres libras de galleticas que repartían casa por casa las hermanas. Hoy en día se trabaja bastante”, recuerda la madre superiora, Ángela María del Sagrario.

    Somos una familia y nos apoyamos en todo. A medida que realizamos nuestras actividades, fortalecemos la convivencia y la unidad fraternal

    Con el curso de los años, esta actividad ha empezado a formar parte de la vida de las 25 religiosas que conviven en este lugar, quienes amasan los pilares de la vida monástica a través de la fe, el amor, la esperanza, la alabanza y oración a Dios.

    “Somos una familia y nos apoyamos en todo. A medida que realizamos nuestras actividades, fortalecemos la convivencia y la unidad fraternal”, destaca la religiosa.

    Sus cualidades de repostería parten del “milagro del pan”, donde predominan creaciones gastronómicas, como: pan de sal, leche, queso, mantequilla, espinaca, yuca, integral, maíz, aliñado, bocadillo, bocadillo con queso, fruta cristalizada, ocañero, galletas de coco, cruasanes, almojábanas y una gran variedad de tortas.

    Sus actividades incluyen la restauración y remodelación de las figuras religiosas.

    Cada una de estas recetas conlleva un trabajo laborioso que contribuye al fortalecimiento de su obra, realizado en silencio en favor de los más necesitados.

    “Hemos recibido instrucciones para realizar este trabajo, el cual colocamos en las manos del Señor y oramos por toda la comunidad. Nos esforzamos, para que estos productos se realicen con amor y tengan la acogida que tienen en este momento”, subraya complacida la madre superiora.

    Actualmente, estas “ricuras gastronómicas” han adquirido una merecida fama en la capital del Cesar y las han llevado a diversificar su esfuerzo, pues cada día aumentan los pedidos entre sus clientes.

    A raíz de la pandemia, teníamos mucho pánico y el proceso emprendedor se paralizó. Sin embargo, encontramos en esta situación una oportunidad para vender

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    “A raíz de la pandemia, teníamos mucho pánico y el proceso emprendedor se paralizó. Sin embargo, encontramos en esta situación una oportunidad para vender los productos de panadería con la ayuda generosa de nuestros fieles más cercanos. Muchas trasnochamos para poder cumplir con la cantidad de pedidos que nos hacen”, recalca.

    Las metas han sobrepasado sus expectativas y compaginan estas delicateses con los vinos artesanales de uva, manzana, pera, corozo, piña, maracuyá, ciruela, torombolo y flor de Jamaica, que también se han expandido entre la población vallenata.

    “Los ingresos recibidos han ido aumentando gracias al esfuerzo de nuestros fieles”, precisa la monja.

    Una de las hermanas revisa que los productos estén bien empacados.

    La vida contemplativa y consagrada de las Hermanas Pobres de Santa Clara también se palpa en las ornamentaciones, albas, casullas, manteles, paño humeral, cubre atriles, purificadores, roquetes, corporales, restauración de imágenes religiosas, pintura, todo elaborado con el carácter delicado de cada una de ellas.

    “La gente de nuestra ciudad y los alrededores han sido muy buenas con nosotras. Nos apoyan siempre, eso es una bendición”, dice la hermana Renata María Inmaculada.

    Durante estos días, las monjas de clausura están muy atareadas preparando los tradicionales dulces navideños y elaborando el material para los pesebres, donde vuelcan la esperanza a través de la creatividad.

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    “El año pasado pintamos más de tres mil papeles para hacer los pesebres, los cuales distribuimos en diferentes puntos. Nos inspiramos en el misterio del nacimiento del niño Dios”, puntualizó la religiosa.

    Ludys Ovalle Jácome
    Especial para El Tiempo
    Valledupar

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